martes, 16 de febrero de 2016

El refugio de la condena genérica



Veamos: El regaño que Francisco dirigió a los obispos de su Iglesia fue tan superficial, tan insulso, que se limitó a pedirles que “no se duerman en sus laureles”, “a demandarles que si tienen que pelearse lo hagan, pero que lo hagan como hombres (sic), viéndose a la cara”.

Pero, me pregunto: ¿qué les dijo a los obispos sobre la pederastia, de ese terrible crimen del que han participado y, lamentablemente, siguen participando ministros religiosos mexicanos y de otros países?

¿Y qué les dijo acerca de los Legionarios de Cristo, cuyo fundador, Marcial Maciel, fue un claro ejemplo de la mentira, de la violencia atroz, del abuso sobre los débiles, de la agresión a los indefensos, es decir: de todo lo contrario que predica la Iglesia católica?

¿Qué les dijo de la formación de esa orden religiosa en México; del que fue su jefe, un pederasta que durante décadas fue solapado por la curia romana? ¿No merecería un hecho tan grave, el pedir perdón a quienes fueron víctimas? ¿Ello no obligaría a un elemental ejercicio de autocrítica?

Pero, además, el Papa estuvo presente en el Palacio Nacional de México, el sitio que simboliza a la sacrosanta Presidencia de la República. Ahí, frente a los representantes de la clase política dijo lo siguiente: “La proporción del fenómeno, la complejidad de sus causas, la inmensidad de su extensión, como metástasis que devora, la gravedad de la violencia que disgrega y sus trastornadas conexiones, no nos consienten a nosotros, pastores de la Iglesia, refugiarnos en condenas genéricas”. ¡No nos permite refugiarnos en condenas genéricas, dijo!  Y, sin embargo, ése es el mayor riesgo que tendrá que sortear en su visita en nuestro país.

El Prelado principal de la Iglesia católica mundial hizo en el Palacio Nacional de México una condena genérica que, con iguales palabras o mismas frases, hubiera podido hacer en Argentina, en Italia, en Kenia o en Filipinas, y olvidó que si bien en gran parte del mundo hay graves problemas, los que existen en México por su condición de metástasis, por su gravedad, por la extensión de su violencia, no debieran ser tratados con esa generalidad y superficialidad.

No estoy requiriendo, sería absurdo, pretender del Papa señalamientos personales a los representantes del gobierno. Eso ni se debe y tampoco le sería permitido o admitido, según la diplomacia y las formas obligadas entre jefes de Estado. Pero sin perder de vista ello, tampoco hay que olvidar que Francisco es el líder religioso de millones de personas que asumen predicar la justicia y la paz. Y, sin embargo, ese líder, que desde luego sabe de la violencia y de la muerte que acarrean el tráfico de drogas y armas, no se atreve a decir que ello es un gran negocio de millones y millones de dólares del que participan los “traficantes de la muerte”, es decir: los jefes de los cárteles, muchos funcionarios públicos, muchos banqueros y grandes y poderosos empresarios, y que la violencia persistirá porque hay líderes mundiales y Jefes de Estado cuyo conservadurismo les imposibilita entender que “las viejas propuestas no sirven para resolver los nuevos problemas”.

¿Qué opina el Papa, por ejemplo, de la propuesta de normar, por parte del Estado, la producción, tráfico, comercio y consumo ilegales de ciertas drogas? ¿Cuál es su punto de vista acerca de considerar el consumo de drogas como un problema de salud pública y no sólo como un tema punitivo, carcelario? ¿Qué piensa sobre aumentar el salario de los trabajadores, sobre gravar los grandes capitales para distribuir el ingreso? ¿Qué piensa sobre la plena igualdad entre hombres y mujeres?

Esos son los temas de actualidad sobre los que debieran opinar los líderes mundiales que visitan un país que, como el nuestro, se encuentra abatido por la pobreza, la desigualdad y la violencia.
Expresidente del PRD


Twitter: @jesusortegam


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