martes, 30 de diciembre de 2014

Una nueva legitimidad política: el desafío de la izquierda


Roger Bartra, en el año 2002 escribió en su prólogo a Anatomía del mexicano, que la transición democrática en nuestro país se desarrollaba en dos ciclos: uno largo, que venía desde el movimiento estudiantil de 1968 hasta las fuertes tensiones de 1994, y otro corto, que iniciaba en ese año y culminaba en 2000 con el resultado electoral que condujo al PAN y a Vicente Fox a la Presidencia de la República. Bartra argumentaba que a partir de este acontecimiento se iniciaba un nuevo proceso que ponía fin al régimen autoritario priista y al mismo tiempo comenzaba la vigencia de un sistema democrático.

Sin embargo, para que ese acontecimiento de carácter histórico realmente sucediese, se tenía que cumplir con una condición: la construcción de una nueva legitimidad política. “Lo que no sabemos, decía Bartra, es si el gobierno de Vicente Fox podrá auspiciar ese profundo proceso de cambio o se contentará con una gestión hábil y decorosa que en el mejor de los casos impida la quiebra del país”.

Han pasado 12 años desde que Bartra escribió esto y me parece, lamentablemente, que no se presentó ni la “gestión decorosa” en Fox ni en Felipe Calderón y menos aún, se gestó la nueva legitimidad política que permitiese la consolidación de tal sistema democrático.

¿Qué es entonces lo que sucedió en ese tiempo y que ahora nos mantiene en una crisis política del Estado mexicano, la que ciertamente, amenaza con la quiebra del país?

Aventuro algunas hipótesis: los gobiernos panistas no llevaron a cabo, como bien alertaba Bartra, ningún intento serio por terminar con las viejas fórmulas de legitimidad del antiguo régimen, sino que por el contrario, las mantuvieron en aras de privilegiar la estabilidad que propiciaba mantener el statu quo antes que enfrentar a la inestabilidad obligada de romper con éste. Así, la expectativa de las profundas reformas se diluyó, lastimosamente, en la realidad de una mediocre gestión gerencial de Fox y en una desastrosa conducción presidencial de Calderón.

Al preservarse durante la alternancia las viejas fórmulas de legitimidad política (el corporativismo, asistencialismo, corrupción, resistencia a la creación de derechos sociales y ciudadanos, asociación con la oligarquía económica y otros poderes fácticos como la Iglesia, entre otras) se propiciaron las condiciones para el regreso al poder de quienes inventaron —y quienes mejor conocen y manejan— el software de lo que Octavio Paz identificó como “El ogro filantrópico”, es decir, el priismo. La alternancia se dio, pero las reformas para la construcción de una nueva legitimidad política quedaron en suspenso… hasta ahora.

¿Y la izquierda? Para desgracia del país, mantuvo en ese periodo sus anacrónicos paradigmas del mesianismo y del nacionalismo revolucionario como únicas propuestas frente al panismo gobernante y al entonces acechante priismo. Ciertamente el PRD pudo ganar las elecciones de 2006, pero sin cambiar de paradigmas hubiese sido difícil construir esa nueva legitimidad democrática.

Para 2015 será necesario que la izquierda consiga triunfos electorales. Pero eso no será suficiente para aumentar nuestra influencia política en las decisiones que le den rumbo nuevo al país. Más que ello, requerimos de cambiar de paradigmas y de evidenciar ante la ciudadanía nuestra genuina voluntad y determinación de dejar atrás, definitivamente, un quehacer político más identificado con el antiguo régimen que con las nuevas estructuras de una nueva y democrática legitimidad política. Eso nos obliga a la izquierda, a la lucha por una radical reforma del Estado como a una, igualmente radical, reforma del PRD.

Este nuevo desafío comienza en 2015.

                *Expresidente del PRD

                Twitter: @jesusortegam

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                agsjom52@gmail.com

martes, 23 de diciembre de 2014

Los anillos de Giges


Para argumentar la siguiente reflexión me apoyo en el autodenominado Partido Verde Ecologista. Los dirigentes de esta organización han mantenido desde su surgimiento una estrategia de alcanzar espacios de representación política a partir de alentar entre los ciudadanos el desprecio a la política y a los políticos. “No votes por un político, vota por un ecologista”, decían en 1997, y sin embargo, su principal dirigente ha ocupado de manera intermitente un asiento en el Senado o en la Cámara de Diputados. Dicen los del PVEM defender la vida, y su principal demanda programática es que se instaure en nuestro país la pena de muerte; se oponen al maltrato a los animales en los circos, pero algunos de sus dirigentes participan en safaris en África para decorar sus casas con los animales disecados que sacrifican.

¿Cómo se puede calificar este comportamiento?

¡Para todo propósito, esto llanamente es hipócrita corrupción!

Yo sé que éste es uno de los principales problemas que vive la política y aunque ha estado presente desde que esta existe, sí es necesario reconocer que ahora ésta problemática se ha agudizado en todo el mundo, pero de manera particular en nuestro país. Y ello sucede porque parecería que estos comportamientos no tienen ninguna sanción, ni por las leyes ni por la ciudadanía. Mienten sin rubor alguno, vuelven a mentir, actúan con impunidad y, sin embargo, ¡aumenta su preferencia electoral!

Es como si los del PVEM se hubieran apoderado del anillo de Giges, aquel del mito de la Grecia antigua que, según cita Platón en La República, el que lo portara se hacía invisible para de esa manera poder cometer todo tipo de injusticias sin consecuencia alguna.

Ahí está, por ejemplo, cerca de invisivilizarce, el asunto de la licitación del tren México-Querétaro con sus evidentes conflictos de interés, de los que participan importantes funcionarios gubernamentales y prominentes empresarios privados. Pueden hacer estos, hipócritamente tan escandaloso fraude sin tener problema alguno, porque suponen que en muy poco tiempo se difuminará en el aire y aquellos que participaron del negocio se harán invisibles, pues portan el anillo de Giges.

— ¿Y la adquisición de la Casa Blanca y sus intermediarios facilitadores, ellos tan generosos para pagar tan fabulosas indemnizaciones?

— ¿Y la irracional contaminación del río Sonora?

— ¿Y los Guerreros Unidos?

— ¿Y los cómplices de Abarca?

— ¿Y Romero Deschamps?

— ¿Y Moreira, el exgobernador de Coahuila?

— ¿Y Valencia?

¿Y cuántos más anillos de Giges existen para ser utilizados y lograr impunidad?

Parecería que muchos más, pero más cierto y grave es que el país completo se encuentra atrapado en una enorme cadena, cuyos eslabones son precisamente esos anillos de oro de los que escribía Platón. La corrupción degrada a la nación, la pervierte, sabemos que ahí está, que es enorme, pero nos hemos acostumbrado a no verla o en el mejor de los casos a verla sólo en la política cuando en realidad ha invadido a todo el sistema nervioso del país.

Si así fuese, ¿cómo es que podemos romper con esa cadena?

Algunos dicen que es imposible, pues argumentan que la corrupción es idiosincrática a nuestro ser nacional, a nuestra identidad social.

Creo que se equivocan, o algunos de los que así opinan es porque portan con hipocresía el mencionado anillo de Giges.

A mi parecer, esa opinión es falsa y tiene vínculos muy estrechos con aquella concepción de que los mexicanos somos por naturaleza corruptos y en consecuencia requeriríamos de la presencia de un Juan Bautista para poder desprendernos de esa condición, de ese pecado, de esa maldición. En la aceptación de esta errónea concepción es que aparecen, de vez en vez, aquellos personajes que, inflamados de fervor mesiánico, repudian la política para sustituirla por SU visión de moral. AMLO es un claro ejemplo de ello.

En sentido diferente a esa fatalidad, la solución a este grave problema se encuentra paradójicamente en la política y en los políticos, o cuando menos en algunos de ellos. Y así lo afirmo, en razón de que desde la política es desde donde se puede reconstruir el conjunto de las relaciones sociales y ello, necesariamente, a partir de la reconstrucción del Estado nacional. Es con el Estado, con sus instituciones reconstruidas desde donde se puede dejar atrás —para citar a los clásicos— el estado de naturaleza para construir una sociedad de convivencia civilizada, ordenada, constructiva, igualitaria, justa.

Es cierto que la mayoría de los políticos no podrán hacer esto por iniciativa propia; ello tendrá que ser resultado de la presión y de la exigencia que la sociedad ejerza sobre ellos para que, precisamente, cumplan con su principal responsabilidad de reconstruir el Estado. Pero serán, precisamente estos, los políticos reformadores que reivindican a la política, no los que hipócritamente la menosprecian.

                *Expresidente del PRD

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martes, 16 de diciembre de 2014

Dominar en lugar de gobernar

Excélsior

México vive hoy lo que el notable historiador alemán Reinhart Koselleck denominó “la tensión entre los espacios de experiencia histórica y los horizontes de expectativa”. Es decir: hay una experiencia histórica en nuestra nación, que permanentemente está en confrontación con nuestras expectativas, con todas ellas, con las que tiene por ejemplo el grupo político dominante, con las de los partidos que lo contradicen, con aquellas que tienen los grupos y clases sociales y desde luego, con las expectativas que quiere construir el conjunto de la sociedad mexicana. Esta tensión se mantiene en todas las sociedades y es lo que permite, en una parte,  su desarrollo. Pero hay circunstancias tales —como las que ahora vivimos en México— en donde esa tensión se agudiza a tal extremo, que en algún momento se rompen los lazos que mantenían en “esa tensa unidad” a nuestra historia con el presente, y a ambos con nuestro futuro. Para decirlo de otra manera: con la crisis política que vivimos se ha creado una situación caracterizada por un presente que sólo vive del pasado y ello, aunado a una peligrosa ausencia de expectativas en el conjunto de la sociedad. Hay pesimismo individual, pero sobre ello existe la ausencia de expectativas en el conjunto social, esto es: Existe una crisis social, una crisis del Estado.
Gramsci identificaba estas situaciones como de “crisis orgánica”,  en donde “la clase dominante o un determinado grupo social o político ha perdido el consenso, es decir, que ya no es dirigente sino únicamente dominante y lo es sólo porque es detentador de una fuerza coercitiva pura. Lo viejo no muere y lo nuevo no puede todavía nacer” porque lo nuevo —en nuestro caso— ni siquiera existe como expectativa.
No se trata, siquiera, de que el grupo dominante (el gobierno y la oligarquía económica) busquen mantener el statu quo, pues la crisis es de tal magnitud que no podrán hacerlo y por lo tanto no hay disyuntiva, no hay manera de conservar lo existente, pues la agudización de la tensión social hará eso imposible.
Trato de explicar con estos ejemplos: el primero tiene que ver con el modelo económico que ha evidenciado su fracaso e inoperancia. El neoliberalismo refleja ese pasado en tensión, en contradicción con las expectativas de mejoría económica y de disminución de la desigualdad y pobreza. Y sin embargo, en sentido contrario de la búsqueda del consenso, el gobierno de EPN persiste en mantenerse en el pasado, en la ortodoxia neoliberal para dominar, que no gobernar, con lo que al margen de su voluntad, sólo se agudizará la crisis como ahora lo vemos en la depreciación de nuestra moneda, en la pérdida de productividad, en la pobre inversión pública y privada, y en la creciente pérdida de capacidad de consumo de la gente y la desigualdad.
Otro ejemplo es el de la corrupción. El secretario de Hacienda admite que la pérdida de confianza en los inversionistas está localizada en parte importante, en la corrupción, y sin embargo, ésta penetra y avanza en todas las instancias del gobierno, en poderosos grupos privados hasta llegar a las propias esferas de control directo del Ejecutivo federal. Videgaray tiene razón, pero nada se hace seriamente, por el grupo político dominante, para sancionar a los grupos privados y funcionarios públicos que, como en el caso de la licitación del tren México-Querétaro y la Casa Blanca participaron en este escandaloso acto de corrupción. Así sucede porque —sin comprender la magnitud de la crisis— buscan dominar, no gobernar. No entienden que nada daña tanto a la pérdida de expectativas de la gente, que la impunidad y complacencia ante la corrupción.
El Pacto por México fue un intento de suplir la dominación coercitiva por la gobernabilidad del consenso básico. Pero parece que este propósito fue infructuoso, y contra la razón política y el interés nacional los grupos económicos oligárquicos impusieron su lógica de dominar, contrario a la necesidad política de la gobernabilidad democrática. Esa forma de pensar los llevará al fracaso, pero lo más grave es que puede llevar al país a la ruina. Y no hay peor ruina para una sociedad que vivir del pasado y en la ausencia de expectativas de un mejor futuro.
                *Expresidente del PRD
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martes, 9 de diciembre de 2014

Desde la fe: Una dictadura moral

Excélsior

Es frecuente que muchos líderes políticos resulten un fiasco y que en lugar de resolver problemas —como sucede ahora— los compliquen.

En octubre de 1810 la Iglesia católica acusó a Miguel Hidalgo —entre otras muchas cosas— de “tener por inocente y lícita la fornicación”. Más de 200 años han transcurrido desde el juicio inquisitorial contra el cura subversivo e independentista y como si nada hubiese sucedido en tanto tiempo, la Arquidiócesis de la Ciudad de México sigue considerando la fornicación —también se le puede llamar “hacer el amor”— como cosa inmoral e ilícita.

Que la izquierda se oponga a este irracional dogma es la verdadera causa de los más recientes ataques de la Arquidiócesis contra el PRD. Esta parte de la Iglesia católica, la más conservadora, nos estigmatiza porque impulsamos que hacer el amor deba entenderse como acto de goce y de libertad; nos sataniza porque logramos que el Estado mexicano sea constitucionalmente laico; nos excomulga —literalmente— porque luchamos para que se respete el derecho de las mujeres a decidir sobre su cuerpo, y nos ha condenado “al castigo eterno” por haber logrado que en las leyes civiles quede establecido que las personas pueden, al margen de su preferencia sexual, unirse y conformar una familia.

Se nos ataca Desde la fe (órgano de difusión de la Arquidiócesis) porque transgredimos el dogma de que sólo debe existir una visión de moral y que ésa debe ser exclusivamente la que dicte “su” religión. Y ciertamente somos transgresores de ese dogma porque entendemos que la sociedad mexicana es plural y diversa, y que tal diversidad es étnica, racial, cultural y también lo es en el concepto de moralidad.

Para la Arquidiócesis, por ejemplo, es inmoral el que dos personas del mismo sexo se unan en matrimonio y también le resulta inmoral que el uso de la sexualidad implique goce y placer. Este pensamiento de este grupo de la Iglesia católica es respetable, pero lo que resulta inadmisible es que su concepto de inmoralidad se lo pretenda imponer a todas las personas. Cuando eso sucede, cuando se pretende imponer a toda la sociedad una visión particular de moral, la que además considera indiscutible, entonces se cae en las dictaduras morales que siempre derivan en dictaduras políticas. Por ello, hay que tener mucha precaución con los líderes o partidos que en lugar de promover un programa político, enarbolan una visión moral que siempre es excluyente de otras.

Para los nazis, las personas homosexuales eran “inmorales” y su existencia era —como ahora lo dice la Arquidiócesis— expresión de “libertinaje”. Por ello fueron perseguidas, encarceladas, asesinadas. Lo mismo sucedía en el régimen dictatorial de Stalin y aún en Estados Unidos durante el macartismo, en donde se perseguía con fanatismo tanto a los comunistas como a los homosexuales.

Es frecuente que muchos líderes políticos resulten un fiasco y que en lugar de resolver problemas —como sucede ahora— los compliquen. A estos hay que confrontarlos con el voto y con diversas y múltiples acciones civiles. Pero si con esos hay que tener cuidado, aún más con los denominados “líderes morales”, pues además de resultar incapaces para resolver problemas de la sociedad, derivan siempre en dictadores. 

Desde la fe, el arzobispado de la Ciudad de México le quiere imponer al conjunto de la sociedad mexicana su concepción de moral para instaurar una teocracia en lugar de un Estado laico. Esa pretensión hay que rechazarla porque atenta contra la diversidad y por lo tanto, contra la libertad y la democracia.

*Expresidente del PRD 
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martes, 2 de diciembre de 2014

La misión


Como en toda situación de crisis, la que ahora mismo vive la nación, contiene causas que son estructurales y otras que son de coyuntura. Al PRD, para hablar de las segundas, nos mantiene atrapados en la tragedia de Iguala-Cocula y no hemos acertado en dar las respuestas correctas y contundentes. Hemos asumido, por ejemplo, el grave error de haber permitido que Abarca penetrase en nuestras filas, pero en lugar de reaccionar adecuadamente ante tal responsabilidad política, lo que hemos hecho —continuando con la cultura del martirio como sinónimo de izquierda— es resignarnos a “sufrir penitencia”.

Ello significa, para algunos compañeros, hacer lo más posible para que la izquierda —y el PRD, especialmente— se extinga en nuestro país.

¡Crucificadnos! gritan como misioneros, para que, presta y sin demora, la derecha nos haga caso y nos golpee hasta destruirnos.

Si por ejemplo, hay que evidenciar la omisión y la irresponsabilidad de la PGR y del Ejército en los crímenes de Iguala-Cocula, “los penitentes” aparecen de inmediato para, con la ayuda de los medios de comunicación más poderosos, desviar la atención hacia el PRD y de facto exculpar a dichas instituciones.

Si aparece el escandaloso acto de corrupción en el gobierno federal por la licitación del ferrocarril México-Querétaro y ello capta la atención de la opinión pública, es entonces que aparecen “los penitentes” para decir: ¡Heeey, heeey! eso no importa, lo que hay que ver es cómo el PRD se sangra y se flagela a sí mismo.

Si se descubre el escándalo de la “casa blanca” y se hacen evidentes las colusiones ilícitas de funcionarios del gobierno federal con empresarios privados, y con ello se desata una enorme indignación ciudadana que recorre al país entero, es entonces que con precisión de minutos aparecen “los penitentes” para decirle a la prensa: ¡Heeey, heeey! ¡El problema no es la corrupción gubernamental, el problema en el país somos los perredistas!

Y desde luego, algunos medios de comunicación no pierden la oportunidad y enfocan sus potentes reflectores hacia las… ¡dificultades financieras del PRD o hacia indagar si en alguna ocasión tuvimos de proveedor a… Grúas Berumen! 

¿Y qué con los cárteles de los Guerreros Unidos y Los Rojos y sus posibles complicidades con funcionarios públicos federales o locales? ¿Y qué de los vínculos de Iguala-Cocula-Tlatlaya-Chilapa, etcétera? Para “los penitentes” esto no es lo significativo, para ellos, lo que importa es cómo el PRD cumple con su penitencia.

Si los analistas políticos serios y objetivos, ubican el hecho de que la violencia y la inseguridad son secuelas de una crisis estructural del Estado y trágica consecuencia de la incapacidad del gobierno federal para corregirla, es entonces cuando aparecen “los penitentes” para enmendarles la plana y decirles que mienten, que no hay ninguna crisis de Estado, que no hay incapacidad del gobierno, que la única y verdadera crisis existente… ¡es la de la izquierda y la del PRD!

Si aparecen peligrosamente signos autoritarios del gobierno federal y desde este se pretenden coartar derechos y libertades de los ciudadanos, es entonces cuando aparecen “los penitentes” para pedir… ¡la renuncia de Navarrete!, en lugar de hacer causa común con todo el perredismo para impedir cualquier regresión autoritaria.

Si persistimos en cumplir penitencia en lugar de retomar como causa principal  la exigencia de justicia para las víctimas de Iguala-Cocula, si no trabajamos y aportamos para superar las causas estructurales de la crisis del Estado, entonces, para desgracia del país, abonaremos a la crisis de la izquierda.

                *Expresidente del PRD

                Twitter: @jesusortegam

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