martes, 28 de abril de 2015

Delirios

Excélsior 

He reiterado que la política pierde su razón de ser si no hay diálogo y debate y, en ese sentido, los procesos electivos que ahora se llevan a cabo resultan inservibles si los contendientes no debaten y clarifican sus propuestas ante los electores. No obvio decir que el debate es lo más diferente a la “guerra de lodo” que, por ejemplo, llevan a cabo el PAN y el PRI, que entre acusaciones de “patadas en los güevos” y de “no tener madre” desarrollan su campaña electoral.
Allá ellos, pero en sentido diferente pretendo poner como elemento para el debate una de las ofertas político-electorales de Morena, la cual recientemente expuso López Obrador en Tabasco: Me refiero al “no pago del consumo de electricidad como parte de un movimiento de resistencia civil”.
No se debiera olvidar que ya antes ha hecho la sugerencia de que no se aumente el ISR a los grandes causantes. Pero en ánimo de darle seguimiento a esta reflexión, Morena y su líder podrían incluso proponer, más adelante el que tampoco se pague el Impuesto Predial y quizá, para aparecer más radicales, debieran sugerir que el Estado distribuya gratuitamente —sin excepciones— otros combustibles, como, por ejemplo, las gasolinas.
Estos populismos demagógicos, como los de Morena, me recuerdan a las acciones extremistas del gobierno de Pol Pot en Camboya,  que impuso —mediante una feroz dictadura unipersonal— lo que él llamaba una economía autosuficiente, la cual se sostendría básicamente en la producción agraria. Para ello, el dictador camboyano abolió la moneda, cerró las escuelas, destruyó casi toda la infraestructura urbana, terminó con los medios de transporte público y privado y,  en el extremo del delirio, vació las ciudades para que todos los camboyanos se convirtieran en cultivadores de la tierra.
“El Gran Salto”, como llamaba Pol Pot a ese programa, se convirtió en una demencial regresión hacia un pretendido comunismo primitivo sostenido, fundamentalmente, en un igualitarismo absolutista y en frenéticas creencias dogmáticas. Consecuente con éstas, creó, eso sí, dos universidades nuevas: La del “trabajo productivo igualitario” y la universidad para el “combate a los traidores a la patria”, que lo eran todos aquellos camboyanos que no lo habían apoyado en su ascenso al poder.
Quizás alguien podría opinar que la comparación es exagerada, pero piense, estimado lector, ¿tiene algo de sentido común el que en plena campaña comicial un candidato o un partido político propongan la resistencia civil como parte de su plataforma electoral?
¿Tiene algo de sensatez tratar de ganar votos proponiendo que nadie pague servicios del Estado, como el de proveer de energía eléctrica a los hogares o a la producción y a la industria?
¿Tiene algo de racional el que en pleno siglo XXI, en un mundo globalizado, se pretenda el aislamiento de nuestro país a partir de una supuesta capacidad de autosuficiencia económica? “La mejor política exterior es la interior”, ha reiterado de manera constante AMLO.
¿Debiera siquiera intrigarnos el ver, durante la actual campaña electoral, los anuncios en donde se afirma que “AMLO es Morena”, para con ello reafirmar un enfermizo culto a la personalidad que siempre es característico de los pensamientos populistas o autoritarios?
En estas elecciones se renovará la Cámara de Diputados. Los electores decidirán quiénes habrán de representarnos, pero también está en juego qué tipo de izquierda deberá tener preeminencia en nuestro país para el futuro inmediato. Una izquierda democrática, progresista que busca construir soluciones y alternativas viables a los problemas de la gente, que lo hace respetando la libertad, la pluralidad, la diversidad y al mismo tiempo pugna por el bienestar social para todas y todos,  o, en sentido diametralmente diferente,  avanza un populismo demagógico que, como ahora sucedió en Tabasco con AMLO,  promete y promete lo que es imposible realizar y menos sostener.
Hay que soñar y, sobre todo, trabajar para que el México próspero y justo se haga realidad. Pero los sueños por un México mejor no pueden confundirse con los delirios que sólo destruyen.

*Expresidente del PRD


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martes, 14 de abril de 2015

San Quintín


El secretario del Trabajo del gobierno de Peña Nieto ha reiterado en los últimos días que “el aumento del salario para los trabajadores está vinculado, necesariamente, a la productividad”. Ésa es la clásica respuesta hueca, demagógica, a uno de los problemas más serios de la economía del país, es decir, el de los bajos salarios que, en general, reciben la gran mayoría de los trabajadores mexicanos.

Los economistas dogmáticos del actual gobierno no alcanzan a entender que el crecimiento de la economía del país no podrá lograrse si no es reactivado, con urgencia, el mercado interno; pero aun menos comprenden que la reactivación de esta parte fundamental de la economía sólo es posible lograrla si se aumenta, en gran medida, la capacidad de consumo de la población. En el actual gobierno le profesan con actitud fundamentalista a la economía de mercado, pero se olvidan que ésta siempre fracasa —¡es tan obvio!— cuando no hay mercado, es decir,  cuando el consumo se encuentra abatido. Esto es lo que sucede en nuestro país y el ejemplo más dramático lo observamos ahora en San Quintín, en Baja California.

Los jornaleros que trabajan en esa región del norte del país son altamente productivos y han sido la parte fundamental para que allí haya crecido la industria agrícola, especialmente aquella que produce frutas y hortalizas. Sin embargo, estos jornaleros —como sucede con la gran mayoría de los trabajadores del país— continúan recibiendo salarios tan bajos que no sólo se les impide acceder, elementalmente, a una vida digna, sino que además se les expulsa del círculo elemental de cualquier economía de mercado, esto es: trabajan, producen, pero no consumen o lo hacen apenas para la sobrevivencia.

Y, entonces, es cuando nos encontramos en el círculo perverso que mantiene a México en una permanente situación de crisis de la economía. Si no hay capacidad de consumo no hay demanda, si no hay demanda no hay incentivo para la producción, si no hay crecimiento de la producción no hay crecimiento del empleo y los que persisten —casi milagrosamente— lo hacen con salarios tan bajos que impiden el consumo. Ahí tiene, estimado lector, el círculo perverso que frustra cualquier propósito del crecimiento de la economía y, en consecuencia, del bienestar de la población.

En San Quintín hay claramente una violación a la Constitución y a la Ley Federal del Trabajo, hay violación a tratados internacionales en materia laboral, hay violación a derechos humanos e, incluso, existen delitos de trata de personas.

Todo esto es grave y debiera obligar la intervención de la Secretaría del Trabajo, del Ejecutivo federal y del propio Congreso de la Unión. Pero lo de San Quintín no es sólo un problema de ética patronal y de incumplimiento de la ley, esto existe y es grave, pero lo principal es la visión obtusa, dogmática que, vigente en el gobierno, genera su incapacidad para conducir la economía nacional y estimular su crecimiento.

El sector exportador de nuestra economía será nuevamente  un espejismo y la economía no crecerá si no hay desarrollo significativo del mercado interno, si no hay crecimiento del empleo y, principalmente, si no hay un aumento real y sustantivo a los salarios de los trabajadores.

¿Peña Nieto, el gobernador de Baja California, los secretarios del Trabajo y de Hacienda han oído hablar de San Quintín? ¿No?

Es un pequeño pueblo en el desierto de Baja California que podría ser escuchado, más temprano de lo que se cree, como ahora se escucha a Río Blanco o Cananea.

                *Expresidente del PRD

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martes, 7 de abril de 2015

La propensión al vituperio


El pasado domingo 5 de abril se iniciaron las campañas electorales para diputados federales. Antes han comenzado otras en donde se elegirá a gobernadores y cabildos. En fin, que nos encontramos ya en plena contienda y, como en otras, no dejarán de aparecer los ataques personales antes que las propuestas y los programas político-partidarios. Este comportamiento no debería causarnos extrañeza, pues, como decía Demóstenes en el año 330 a. C. de en un discurso de réplica a Esquines: “La otra ventaja que lo favorece es que hay una propensión natural a escuchar con agrado las acusaciones y el vituperio, y a oír con disgusto a los que se ven obligados a hablar bien de sí mismos”.

Esta frase dicha hace miles de años durante un debate político, define con claridad que las cosas no han cambiado mucho y que durante las confrontaciones políticas del siglo XXI sigue existiendo la propensión a escuchar la acusación antes que la propuesta. En el eterno dilema de los políticos de vituperar al contrincante o proponer soluciones a los problemas, casi siempre —y podría quitarle el casi— prevalece el vituperio.

Escuchemos con atención los discursos de los partidos, veamos los spots que estos promueven y confirmaremos que lo que predomina en esta campaña que inicia, es hacer todo lo posible por demeritar a los contrincantes y muy poco por enseñar a los electores méritos, ideas, propuestas, alternativas, soluciones.

Un partido político es, esencialmente, un programa, una propuesta con la cual pretende representar a un sector o a la mayoría de los electores y, en consecuencia, todo partido político se encuentra en todo momento, pero especialmente durante las contiendas electorales, obligado a “hablar de sí mismo”, es decir, a hablar de su programa, de su propuesta, de su ideario y de aquellas medidas que considera las más adecuadas para resolver los problemas de sus representados o los del país en su conjunto.

Pero decía Demóstenes que  “resulta más agradable escuchar las acusaciones y el vituperio”, y por ello mismo los partidos, en el desesperado afán de ganar votos, continuamos en la inercia de la acusación antes que de la solución.

Y no es que sea yo un ingenuo idealista que no entiende que la política es una tremenda lucha por el poder en donde o no existen protocolos o cuando estos existen se pueden burlar, como recientemente lo hemos visto con el PVEM.

¡No!, no hay ingenuidad. Sé que existe esta parte en la política, pero también comprendo que de lo que se trata ahora es de transformarla para que la lucha por el poder político tenga un sentido diferente para quienes realmente aspiramos a un México de prosperidad y bienestar para todas y todos los mexicanos.

Ciertamente las cosas en el país están mal; hay una enorme desconfianza de las y los ciudadanos hacia los asuntos públicos; la economía no crece y lo que sí aumenta es la pobreza, el desempleo y la inseguridad. Ciertamente de todo esto hay responsables personales y partidarios y, desde luego, es válido tratar de ubicarlos y señalarlos. Pero lo anterior no será suficiente, porque en la realidad que viven a diario los mexicanos, lo que se necesita son las respuestas sensatas, urgentes, viables a los grandes problemas del país y a los que padece la población. Esto debería ser el principal aporte de la Izquierda Democrática. Para vituperar hay otros especialistas.

                *Expresidente del PRD

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