martes, 30 de junio de 2015

Un Presidente que no actúa


No hay precedente en la historia contemporánea del país de un proceso de reformas constitucionales y legislativas de carácter estratégico tan amplio, como el derivado de los acuerdos del Pacto por México.

A diferencia de las reformas salinistas que, esencialmente, terminaron con los residuos del desarrollo estabilizador para sustituirlo por el esquema neoconservador de Margaret Thatcher y Ronald Reagan, las reformas del Pacto modificaron, en parte importante, el contenido del modelo económico para adoptar fórmulas más cercanas al keynesianismo que al neoliberalismo. Pero, además, se abordaron temas mucho más amplios, tales como la educación, la seguridad pública, los derechos humanos, el sistema de partidos, los procesos electivos, el modelo fiscal, los monopolios, el combate a la corrupción, el sistema de seguridad social, las telecomunicaciones, etcétera, etcétera.

El conjunto de las reformas derivadas del Pacto y especialmente algunas de las más importantes, ha propiciado grandes debates entre sectores de la ciudadanía con posiciones que cubren un espectro tan amplio que va desde quienes las aprueban, quienes las aceptan parcialmente, otros que critican y rechazan algunas, hasta quienes las condenan en su totalidad y las consideran causantes de todos los males que ahora padece el país. En este debate que, seguramente continuará, debiera analizarse a profundidad cada una de las reformas para que, de esa manera, pudiera lograrse una mayor objetividad sobre sus alcances.

Pero no se podrá resolver este debate si las reformas del Pacto no son puestas en práctica.

En este punto es en donde se encuentra la principal falla de Peña Nieto y de su equipo en el gobierno.

Cuando el Presidente viaja al extranjero y entrevista a otros jefes de Estado, presume, resalta, subraya la acción ¡del Poder Legislativo!, el cual, obviamente, él no representa. Eso sucede porque no puede señalar —a tres años de su gobierno— acciones relevantes, obras públicas trascendentes y con resultados concretos, de la acción política del poder que él sí representa, es decir, del Poder Ejecutivo.

Por ejemplo: la reforma legislativa en materia de educación recuperó para el Estado, y de manera particular para el Ejecutivo federal, la obligación de impartir la educación pública, haciendo prevalecer el interés superior: esto es, llevar a cabo una educación de calidad y en condiciones de dignidad para las y los educandos en todo el país. En lugar de ello, Peña Nieto y Chuayffet pierden el tiempo y los recursos económicos en una inútil discusión con los gobernadores acerca de la distribución de responsabilidades. Y es que no hay duda, con la reforma, la responsabilidad de impartir la educación pública recae en el Ejecutivo federal.

Otro ejemplo de esta inacción del Ejecutivo es el de la reactivación de la economía, que incluía una agresiva política de inversión pública, especialmente en desarrollo de infraestructura, lo que podría ser un elemento impulsor al crecimiento. En el Pacto se estableció todo un programa de desarrollo en comunicación ferroviaria y en realidad este plan ha devenido —por corrupción— en un fracaso; lo mismo sucede con el programa de desarrollo económico de la región sur-sureste. No hay nada —ni siquiera planes— y, una vez más, el impulso económico a la zona más atrasada del país se queda en los archivos de la Secretaría de Hacienda.

¿Y qué pasa con la reforma antimonopólica? En realidad algunas medidas en telecomunicaciones resultan importantes, pero no sucede lo mismo con el monopolio de la comercialización de los productos agrícolas, especialmente los alimentos, con la indebida concentración en el sistema bancario, con el de la industria del espectáculo, etcétera, etcétera. Se llevó a cabo, por el Poder Legislativo, una buena reforma contra los monopolios, pero de nada servirá si el Ejecutivo no la lleva a la práctica plenamente.

Éste es el gran problema ahora en el país: la existencia de un Poder Ejecutivo que no pone en práctica las acciones a las que le obligan las leyes; que no realiza las acciones para las que la Constitución le faculta.

Peña Nieto lleva tres años presumiendo lo que el Congreso legisló, pero poco puede decir de lo que el Ejecutivo federal realizó.

*Expresidente del PRD


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martes, 23 de junio de 2015

¡Es la libertad, estúpido!


Desde la Fe, periódico de la Arquidiócesis de la Ciudad de México, ahora arremete en contra de la Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN). La causa de ello es que el máximo tribunal de justicia resolvió que son “inconstitucionales los códigos civiles que no contemplen el matrimonio entre personas del mismo sexo”.

La SCJN establece que no existe justificación racional para negar el acceso al matrimonio a las parejas homosexuales, aun cuando existiera un régimen jurídico diferenciado al que pudieran optar e incluso si esa figura tuviera los mismos derechos que el matrimonio, con lo que reafirma, entre otros temas, el principio de la libertad de las personas a unirse en matrimonio y constituir una familia, al margen de sus identidades y orientaciones sexo-genéricas.

Este criterio jurisprudencial de la Corte implica, para una parte de la jerarquía eclesiástica “un serio peligro de carácter relativo, antropológico, que disuelve el sentido del matrimonio como origen de una comunidad esencial para la sobrevivencia social”. En otras palabras: para la Arquidiócesis, la resolución de la Corte pone en riesgo a la sociedad, pues ésta debe sostenerse —inclusive desde el punto de vista antropológico— en los fundamentos dogmáticos de su iglesia.

Si se observa con cuidado, esta opinión nos regresa a los debates y a las discusiones previas a la Revolución de la Reforma en el siglo XIX, que precisamente rebatía el hecho de que la sociedad mexicana debiera sostenerse en una sola concepción sobre la vida y sobre el contenido de las relaciones sociales, así fuese la de la Iglesia católica o la de cualquier otra.

Lo que debiera parecer obvio a partir de una elemental revisión de la historia del país, es decir, que la sociedad mexicana se rige por leyes civiles y no por preceptos religiosos, no lo es para la Arquidiócesis de la Ciudad de México, la cual insiste en anular, en cancelar, la libertad de pensamiento. Ése es el verdadero contenido de la crítica de la Iglesia católica a la Corte y eso mismo es lo que estaba presente en sus ataques —durante las campañas electorales— al Partido de la Revolución Democrática (PRD).

Desde la Fe no debate sobre lo que debiera ser el matrimonio: lo que impugna, verdaderamente, es la libertad de pensamiento como uno de los principios fundamentales en los que debe sostenerse el conjunto de las relaciones de la sociedad; lo que confronta en la resolución de la Corte, es si el Estado mexicano debe ser laico y, por lo tanto, lo que está combatiendo, en lo sustantivo, es el contenido plural y diverso de la sociedad mexicana.

¿Importa esto? La respuesta debiera ser, igualmente, obvia: ¡Es la libertad, estúpido!

Pero, dirán algunos, eso de la libertad está bien para los liberales, pero para la izquierda no tiene la menor importancia. Para nosotros, dirá, Andrés Manuel López Obrador (AMLO), lo realmente importante es el asunto de la corrupción. Y entonces, a partir de la declaración del dirigente principal de Morena y desde los editoriales expuestos en Desde la Fe es notable —que no sorprendente— su coincidencia con la del arzobispo Norberto Rivera.

¿Pero es que acaso un dirigente político comete una falta si coincide con un prelado de la Iglesia católica o de cualquier otra? Desde luego que no, pues la propia Constitución Política, precisamente por su carácter laico, protege a AMLO o a cualquier otro ciudadano para opinar de manera libre y a coincidir, por ejemplo, en que la familia monoparental es el cimiento moral de cualquier sociedad. Podría, incluso, en el uso de su libertad constitucional, llegar al extremo de coincidir con el sector más conservador de la Iglesia católica acerca de que la homosexualidad es una enfermedad. A lo que no tiene derecho AMLO y tampoco Norberto Rivera es a atentar en contra de los derechos humanos, de ninguno, incluido el derecho a la libertad de pensamiento.

Ésta es una diferencia sustancial con la izquierda democrática, la cual, históricamente, ha tenido como uno de sus principios fundamentales la libertad de pensamiento. A diferencia de la derecha conservadora y de las izquierdas populistas y autoritarias, para la izquierda democrática la libertad de pensamiento es consustancial a las demás libertades, ya que, sin la generación y expresión libre de las ideas, las libertades no pueden existir.

Por lo tanto, también es insostenible e incongruente que un individuo que se asume de izquierda considere, precisamente, al asunto de la libertad como de poca importancia.

*Expresidente del PRD


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jueves, 18 de junio de 2015

“Una tormenta perfecta nos afectó en las elecciones"


Los resultados electorales mantienen preocupados a liderazgos del PRD con miras a 2018. Uno de ellos es Jesús Ortega, líder de Nueva Izquierda, la corriente de mayor peso en el partido, quien asegura que la situación actual del perredismo prende las alertas y ve necesaria una reforma interna profunda para retomar las ideas de la izquierda.

En sus oficinas en la colonia Roma del Distrito Federal, muestra a EL UNIVERSAL los resultados históricos del partido en elecciones intermedias, donde su promedio es de 14 puntos porcentuales, ahora, según sus cálculos, resultaron con el 12%, dos puntos abajo de su promedio.

Reconoce que salieron magullados y golpeados, pero resistieron la elección. Su balance poselectoral le indica que varios factores como la salida de fuertes liderazgos —resaltan apellidos como Andrés Manuel López Obrador, Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano y Marcelo Ebrard Casaubon—, así como casos como Ayotzinapa y Tlatlaya, además de la Línea 12 del metro, la mala elección de candidatos y la soberbia en el DF, crearon una “tormenta perfecta” para que el PRD no lograra lo esperado. 

Sobre los destapes rumbo a 2018, dice que Miguel Ángel Mancera, jefe de gobierno del DF, tiene dos años y medio para consolidarse y convertirse en un fuerte candidato, pero acepta que ha tenido “aciertos y errores”; niega que por él se hayan tenido malos resultados pues esto obedece a varios fenómenos y no se puede personalizar. 

De López Obrador dice que tiene una visión religiosa al creerse “mesías”, un San Juan Bautista que a quien toca lo vuelve libre de la corrupción. 

“Dice que de los 10 partidos nueve son corruptos, sólo uno ‘el mío’ no es corrupto; esa es una visión de un absolutismo irredento, de una visión de dicotomía sin remedio, de una visión casi religiosa o no casi sino religiosa. 

“Entonces todos los del PRD, dice Andrés Manuel, se han corrompido, los que se salieron del PRD, entre ellos él, son una especie de bautizados y de bautizados por él, es una especie de San Juan Bautista. El que pasa por sus manos es redimido. Esa es una visión equivocada de la política, es una visión de un salvador, de un enviado, de un mesías, y eso está bien para la religión pero no para la política”.. 

Mancera, a consolidar

Mancera dice que quiere ser presidente, ¿no es apresurado? 

—No sólo lo digo como una respuesta formal, está en su derecho de aspirar y de decirlo. No es apresurado porque ¿cuántos precandidatos ya tenemos a la Presidencia en otros partidos? Ya tenemos bastantes precandidatos que ya tienen años trabajando, bueno López Obrador tiene varias décadas, pero lo mismo sucede con el PAN y con el PRI. Falta decir otros del PRD, porque faltan otros que aspiren por el PRD a la Presidencia de la República. 

¿Apoyaría el PRD a Mancera? 

—Eso sí sería bastante apresurado. Tiene dos años y medio para tomar un impulso muy sólido y convertirse en un fuerte candidato a la Presidencia de la República, esa estrategia pues debe de impulsarla, ojalá se esté dando cuenta, más ahora que necesita un gran empuje para no solamente figurar sino para ser presidente de la república. 

¿En el DF ganó Andrés Manuel y perdió Mancera? 

— No. Lo que sucedió con Andrés Manuel es que al salirse (en 2012) se llevó parte del PRD y también capitalizó una parte de las inconformidades de una parte de la gente hacia el PRD, pero ¿qué no dijo AMLO que nos iba a aplastar en las elecciones? Ganamos las seis delegaciones más importantes. ¿Qué no dijo Andrés que iba a desaparecer el PRD nacionalmente? Estamos tres puntos arriba de Morena a nivel nacional, tenemos mucho más diputados que él, somos la tercera fuerza. 

No me estoy regodeando con ello, sino que esta visión de descalificar al contrincante no da muy buenos resultados y Andrés Manuel López Obrador no cumplió con los objetivos que tenía, al contrario, quedó abajo del PRD, nuestro partido. 

Preocupación latente

Pero Morena les arrebató la Asamblea Legislativa del DF... 

— Obtiene más votación, de diputados no lo sé, porque tienen un diputado más de mayoría pero en conjunto creo que va a tener menos diputados que el PRD. Ahora, ¿es para preocuparse?, sí es para preocuparse. 

¿Es para preocuparse para las elecciones de 2018? 

Claro, desde luego. Es para alertarnos de que tenemos que tomar en cuenta lo que sucedió y tomar medidas de esta gran reforma que necesitamos. 

¿Entonces no ve una alianza de izquierdas con Morena? 

—Yo digo que debemos privilegiar las alianzas con la izquierda, pero para que haya alianzas necesitamos mínimo de dos, si él (López Obrador) dice que todos los partidos son corruptos menos el suyo y que no va a hacer alianza con nadie, entonces cómo hacer alianza. 

De cualquier manera vamos a privilegiar hacer alianzas con la izquierda en términos generales. 

¿Se buscará a Andrés Manuel López Obrador directamente? 

—Creo que el PRD debe lanzar una convocatoria para hacer una gran fuerza de izquierda, de cara a las elecciones de 2018, vamos a ver cuántos pueden comprender la necesidad de esta gran alianza con nosotros. 

Pero con ustedes ni a la esquina, dice AMLO, y muchos dicen que sin esta gran alianza de izquierdas no hay posibilidades para 2018...

—Si lo que dice Andrés Manuel y en parte lo que dicen de la alianza de las izquierdas, entonces Andrés Manuel va a asumir una responsabilidad bastante importante. 

El PRD tuvo resultados pésimos en el Distrito Federal. 

—Yo digo que hemos vivido en el DF un desgaste en 18 años de gobierno. Todo ejercicio del poder desgasta, pero más desgasta cuando este ejercicio del poder se pretende, sobre la base de 62% de la votación, y ahí es donde hay una actitud de autocomplacencia. 

¿Se actuó con soberbia en el DF? 

—Sí, se actuó con soberbia; si un partido tiene el 62% en la capital generó, debo decirlo, en compañeros, una actitud de arrogancia. No me alegra que hayamos perdido siete delegaciones, pero ya que las perdimos entonces recuperemos humildad y una actitud radicalmente nueva, enfrentemos una circunstancia relativamente nueva. 

¿René Bejarano propone una refundación del PRD o que se forme otro partido con base al PRD? 

—Es atendible la opinión de René. Pero a veces pienso que algunos compañeros piensan en refundación eliminándolo todo, no creo, yo más bien hablo de la gran reforma del PRD que toma en cuenta nuestra realidad actual pero también toma en cuenta los 26 años de existencia de nuestro partido, pero no solamente la existencia del PRD sino los antecedentes políticos del PRD, la izquierda previa al PRD, tenemos que hacer un examen profundo, como la izquierda italiana. El PRD, como todo partido, es un instrumento y cuando ese instrumento tiene muchas carencias pues hay que corregir esas carencias. 

¿Sería crear un nuevo partido y desaparecer al PRD? 

—Yo creo que en un proceso de renovación, no debes descartar nada. No descartemos nada, abrámonos en la mente y en el pensamiento a todas las ideas y propuestas, a todas las sugerencias, lo peor que puede hacer uno en procesos de renovación es poner límites, en realidad nada debe de ser indiscutible. Debemos estar abiertos a cualquier posibilidad. 

¿Cabría la desaparición de ‘corrientes’ en esta reforma? 

—Ya en una ocasión, por decreto, desaparecimos algunas. Por votación y unanimidad las desaparecimos pero pasó que las corrientes no se desaparecen por decreto, las corrientes son consustanciales a los partidos, no hay partido que no tenga corrientes. En Morena, aunque no se crea, ya hay corrientes; va a fracasar la visión de absolutizar y concentrar las decisiones en una sola persona. 

En Morena está la corriente de Martí Batres (su presidente nacional), además de Ricardo Monreal (delegado electo) y otras. 

Lo que necesitamos en el PRD no es desaparecerlas sino que dejen de ser grupos de presión para que se conviertan fundamentalmente en corrientes de pensamiento, para el debate, para la confrontación de tesis, de ideas. El Universal. Stampa.

*Expresidente del PRD


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