martes, 25 de noviembre de 2014

Una crisis de fractura social

Excélsior 

La crisis que vivimos en nuestro país es de Estado, es decir, de carácter estructural; de agotamiento del tipo de régimen político y de consumación del modelo económico, y superarla implicaría respuestas de la misma naturaleza, esto es, de contenido estructural.

Hace unos días conversaba con un amigo y, desde luego,  el tema no podría ser otro que el de la grave situación que vive México. Mi interlocutor reiteraba, una y otra vez, que el país se encuentra en una crisis de tal magnitud (ante la cual nadie tenía una respuesta) que aseguraba el derrumbe es inminente. El sentimiento de mi amigo (un ciudadano alejado de la política, como la gran mayoría) refleja el sentir de gran parte de las y los mexicanos. Y no es que tal sentimiento de frustración sea un fenómeno nuevo entre el conjunto de la sociedad; por el contrario: es añejo, pero ahora crecido a tal grado —por los terribles crímenes en Iguala-Cocula y por presumibles actos de corrupción gubernamental— que ciertamente podríamos decir que en México se vive una situación de crisis.

Pero hay de crisis a crisis. Los gobiernos en cualquier parte del mundo las viven de manera frecuente, pero algunos  cuentan con mecanismos institucionales, sobre todo en las democracias más desarrolladas, para sortearlas con relativa facilidad. En Italia, por ejemplo, las crisis de gobierno son parte de su cotidianidad y son enfrentadas mediante acuerdos entre los partidos para disolver gobiernos y construir otros emergentes. Pero, salvo excepciones, estas crisis no causan fracturas sociales tan profundas como las que ahora padecemos en México.

La crisis que vivimos en nuestro país es de Estado, es decir, de carácter estructural; de agotamiento del tipo de régimen político y de consumación del modelo económico,  y superarla implicaría respuestas de la misma naturaleza, esto es, de contenido estructural.

Por ejemplo, es evidente que el problema de la corrupción es a tal grado generalizado que ha invadido casi todas las instituciones gubernamentales. También a una parte importante de las grandes empresas privadas, como lo vemos ahora en el caso de la licitación del tren México-Querétaro y de sus posibles implicaciones.

Casos como éste no podrían resolverse con medidas “ordinarias” o con aquellas de corte mediático (que no aparezca en los noticiarios o en las páginas de los diarios) y, menos aún, con “tácticas de contención” para que al transcurso de los días se olvide por la conciencia colectiva.

Si el gobierno hace esto, aparte de iluso,  será responsable de la agudización de la crisis estructural del Estado Nacional.

Cierto que se necesita de decisiones estratégicas como son el cambio de régimen político, del sistema de justicia y de un nuevo modelo económico. Pero transformaciones de esta naturaleza, aparte de enunciarlas, se requiere de implementarlas. Por ello, la pregunta más importante es cómo hacer esto.

¿Con la fórmula de López Obrador de entre más peor mejor?

¿Con la de los “revolucionarios” que se preparan para “la toma del palacio de invierno?”

¿Con la del gobierno,  de anunciar cambios para que todo siga igual?

Ninguna de éstas sirve,  salvo para proteger intereses propios y para agudizar la problemática del país.

La que serviría, pienso, es la vía que el PRD definió en 1994-1995, es decir,  la vía pacífica, democrática, la de las reformas profundas para la transición; que hagan de Iguala el punto de inflexión entre el México del antiguo régimen y el México del siglo XXI, el del Estado democrático, social y de derecho.

             

                *Expresidente del PRD

                Twitter: @jesusortegam

                http://ortegajesus.blogspot.com/

                agsjom52@gmail.com

lunes, 24 de noviembre de 2014

No a la vuelta al pasado

(Colaboración especial para el periódico Milenio)
En 1968, 21 años antes de la caída del muro de Berlín, los jóvenes mexicanos entablaban una heroica lucha por las libertades civiles y por la justicia social.
En medio de esos esfuerzos, toda la izquierda debatía la disyuntiva de "reforma o revolución" y, acertadamente, la izquierda progresista en México optó por el camino de la paz, de la democracia y de las reformas para la transformación del país.
Habiendo resuelto ese dilema, la izquierda democrática ha recorrido un largo camino de más de 35 años --no sin errores, con tropiezos, pero también con aciertos y muchos más éxitos-- que ha permitido que nuestro país haya avanzado en el ejercicio de los derechos sociales y las libertades políticas. Cierto que falta mucho por hacer y que aún prevalecen injusticias, pobreza y desigualdad, pero la participación de la izquierda en la lucha legal y democrática por el poder político ha contribuido sustantivamente a la transformación del país.
Sin embargo, en estos días existen fuerzas políticas y económicas que de manera irresponsable están creando condiciones para que la izquierda sea colocada, de nueva cuenta, en el dilema de continuar luchando por la vía democrática y pacífica o retornar a la insensatez de la confrontación violenta. Así lo hacen cuando se pretende reducir la pluralidad partidista en el Congreso; cuando se regresa a los usos y costumbres del presidencialismo autoritario y corrupto; cuando la Suprema Corte de Justicia de la Nación obstruye las vías de participación ciudadana en los asuntos trascendentes del país; cuando se hacen fraudes electorales para impedir que la izquierda acceda al poder; cuando, desde algunos medios de comunicación, se construyen grotescos macartismos nativos para atacar y zaherir a la izquierda democrática; cuando neciamente se persiste en la aplicación de un modelo económico que escandalosamente concentra la riqueza en unos cuantos y hace que millones y millones de mexicanos, hombres y mujeres, vivan en condiciones de extrema pobreza.
Son insensatos, pues con todo lo anterior lo que están haciendo es portar antorchas encendidas en medio de la enorme pradera seca que es ahora el país.
Ante esa estupidez política, la izquierda democrática, como la que representa el PRD, no debe voltear a las viejas fórmulas y, en sentido diferente, debe enfrentar esas concepciones absolutistas para seguir avanzando en la lucha por reformas cada vez más profundas que amplían los cauces democráticos y que posibilitan los cambios para garantizar una vida de dignidad y bienestar para todas y todos los mexicanos.
Los dogmas o los evangelios políticos no fueron en el momento de nuestro origen, y menos lo son ahora, parte de los principios y de las estrategias del PRD para acceder al poder político y para lograr los cambios que el país requiere. El PRD tuvo en su origen el sustrato de la pluralidad del pensamiento de la izquierda y es tiempo de reafirmar que nuestra unidad y el éxito de nuestros objetivos por la igualdad sólo tienen sustento en la democracia y el respeto a la libertad.


                *Expresidente del PRD

                Twitter: @jesusortegam

                http://ortegajesus.blogspot.com/

                agsjom52@gmail.com 

martes, 18 de noviembre de 2014

De la autocrítica al suicidio


Dada la circunstancia que vive el Partido de la Revolución Democrática, debemos estar atentos y abiertos a toda idea que busque resolver de la mejor manera los desafíos que enfrentamos, especialmente el que tiene que ver con la merma de credibilidad que seguramente tenemos ahora.

En principio, no descalifico la propuesta del ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano acerca de que deba de renunciar el Comité Ejecutivo Nacional y otras instancias de dirección estatal o municipal del PRD. Por el contrario, hay que atenderla e intentar comprenderla.

Así debe ser, porque en nuestro partido, en razón de principios democráticos, todas las propuestas, planteamientos y sugerencias deben ser no sólo escuchadas sino también reflexionadas. Pero, además, dada la circunstancia que vive el PRD, debemos estar atentos y abiertos a toda idea que busque resolver de la mejor manera los desafíos que enfrentamos, especialmente el que tiene que ver con la merma de credibilidad que seguramente tenemos ahora.

Desde luego, este problema hay que atenderlo de manera urgente, pero en donde existe una diferencia es en el cómo hacerlo. Y, en ese sentido, creo que la mejor manera es llevar a cabo, en primer término, un diagnóstico certero de la situación del partido, pero principalmente de la situación del país. Digo que del país porque no es correcto ignorar que la situación del PRD —si bien tiene sus particularidades— se encuentra inmersa en una crisis del conjunto del sistema de partidos y, más aún, en una crisis de la totalidad del Estado nacional. Con esta reflexión no pretendo eludir nuestras propias fallas y errores, sino más bien situar nuestra problemática en el marco de esa crisis de Estado que impacta en el conjunto de la sociedad mexicana.

En ese sentido, un partido que se asume protagonista del quehacer político nacional no puede hacer abstracción de la enorme debilidad que padece el Estado, porque la consecuencia de ello sería, exactamente, perder ese protagonismo que, por cierto, ha sido fundamental para la vida del país en los últimos 25 años. El protagonismo político del PRD durante ese periodo es incuestionable en el logro de profundas transformaciones de carácter democrático y sería una necedad el pretender —como lo quieren algunos de nuestros contrincantes— ignorarlo o menospreciarlo. De quienes nos confrontan política y programáticamente es hasta natural que busquen restar valor a las contribuciones del PRD, pero lo que resulta inexplicable es que propios perredistas, incluyendo algunos de los que fueron sus fundadores, reiteren insistentemente su propósito de debilitar al PRD. Esto es un grave error porque con ello lo que lograrían sería fortalecer a la derecha.

Estoy cierto de que es indispensable que los perredistas hagamos un esfuerzo de reflexión autocrítica para adoptar todas aquellas medidas, las más profundas y radicales, para superar nuestros errores de antes y los actuales. Sin embargo, la autocrítica en un partido político no debe confundirse con la autoflagelación, la penitencia y menos aun con el suicidio.

El PRD es una fuerza representativa de la izquierda cuya importancia en la vida del país va más allá de los intereses o propósitos de quienes son ahora integrantes de su actual dirección. Esto es verdad, pero también es cierto que nadie con pensamiento progresista puede arrogarse el derecho de debilitar a la izquierda a partir de continuar golpeando al partido que con más consistencia, más trayectoria y más fuerza la representa.  

                *Expresidente del PRD

                Twitter: @jesusortegam

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