martes, 4 de marzo de 2014

El derecho a ser consultados

Desde hace décadas, las izquierdas han impulsado y concretado reformas trascendentales para construir la democracia en México.


Si bien todavía falta un largo camino que recorrer, de gran importancia son los logros alcanzados en materia de democracia representativa, como son el sistema electoral y la división de Poderes.

Pero la visión de una izquierda que le apuesta a la democracia por las vías legales e institucionales no se restringe únicamente a la representación, sino que va mucho más allá e incluye el fortalecimiento de la democracia participativa como uno de sus objetivos.

En congruencia con la anterior, fuimos firmes promotores de la reforma al artículo 35 de nuestra Constitución Política publicada el 9 de agosto de 2012, por medio de la cual se introdujo al texto constitucional una nueva figura jurídica: la institución de las consultas populares.

Con la citada reforma la Constitución dispone en su artículo 35 que es un derecho de las ciudadanas y los ciudadanos “votar en las consultas populares sobre temas de trascendencia nacional”. En el mismo artículo queda establecido que las consultas comprenden en el ámbito federal todo tipo de materias, sean determinaciones tanto del Poder Ejecutivo como del Legislativo, quedando excluidos únicamente los temas relativos a la restricción de los derechos humanos, los principios consagrados en el artículo 40 constitucional, materia electoral, ingresos y gastos del Estado, seguridad nacional y la organización, funcionamiento y disciplina de la Fuerza Armada permanente.

Así, la reforma que impulsamos del artículo 35 constitucional significa un gran avance para el ejercicio de la democracia directa en nuestro país. En el mismo sentido, la minuta de la Cámara de Diputados referida a la Ley Federal de Consulta Ciudadana y su aprobación por parte del Senado de la República el pasado 27 de febrero, contribuye a ejercer el derecho constitucional de los ciudadanos a ser consultados en temas de transcendencia nacional.

Con ella, se da un paso más en la ruta de hacer realidad el derecho constitucional de las y los ciudadanos a ser consultados en asuntos públicos de trascendencia nacional, se fortalecen los mecanismos de participación ciudadana y se mejora la calidad de nuestra democracia.

La minuta precisa y define con claridad algunos preceptos del artículo 35 constitucional que eran malinterpretados de forma dolosa por quienes desde ahora se oponen a que la sociedad utilice este tipo de mecanismos participativos, anticipándose sobre todo a una consulta sobre la reciente Reforma Energética.

De esta manera, esta ley reglamentaria precisa que serán objeto de consulta popular los temas de trascendencia nacional, que repercutan en la mayor parte del territorio nacional e impacten en una parte significativa de la población, quedando expresamente establecido que las consultas pueden ser sobre reformas constitucionales.

Asimismo, establece que los ciudadanos puedan respaldar más de una consulta popular (vale recordar que la minuta de la Cámara impedía absolutamente a los ciudadanos firmar dos solicitudes) y mandata al Instituto Federal Electoral para que promueva la difusión y discusión informada de las consultas que hayan sido convocadas por el Congreso de la Unión, a través de los tiempos de radio y televisión que correspondan al propio instituto.

De aprobarse en los términos referidos la Ley de Consulta Popular por la Cámara de Diputados, no existirá ningún margen para tergiversar el texto constitucional y contaremos con las condiciones óptimas para que en las próximas elecciones de 2015 se sometan a la consideración de la ciudadanía las reformas que se hicieron a los artículos 25, 27 y 28 de la Constitución en materia energética.

                *Expresidente del PRD

                Twitter: @jesusortegam

                http://ortegajesus.blogspot.com/

                ortegamartinezjesus@hotmail.com

martes, 25 de febrero de 2014

Una golondrina no hace estrategia

Si en lugar del siempre no, decimos cómo sí; entonces el PRD deberá, por un lado, reconocer que la aprehensión de El Chapo Guzmán es benéfica para México


Ante la aprehensión de El Chapo Guzmán por parte de la Marina y de otras instituciones del Estado y del gobierno, ¿cuál debiera ser, me pregunto, el comportamiento de la oposición política?

Una posible respuesta a esta pregunta podría ser la que adelantó López Obrador: “Es una cortina de humo del gobierno para distraer a la gente de otros asuntos más importantes; es pura publicidad, jolgorio”.

Ésta, la del líder de Morena, es la respuesta del tipo de oposición que Gianfranco Pasquino llama “oposición antisistema”, es decir: partidos que no buscan sustituir al partido gobernante a través de elecciones, sino que pretenden echar al sistema político en su totalidad, ya sea por medio de una revolución o por otro recurso equivalente. La oposición que representan los partidos antisistema, dice Pasquino, no es transitoria (no se acaba ni siquiera cuando accede al gobierno), sino es definitiva, permanente.

(Hago un paréntesis para señalar cómo algunos perredistas luchan por ganar gobiernos, los de los estados, por ejemplo, y… cuando eso sucede, cuando el PRD gana una gubernatura, tales perredistas se ¡pasan a la oposición! ¡Sucede en el DF y en otras entidades que ahora gobierna el PRD!).

Un segundo comportamiento de otro tipo de oposición es de callar. Enmudecer ante la prensa para evitar reconocer que la detención de El Chapo es algo positivo para el país, al margen de quien lo haya logrado. Esa oposición es la mezquina, la que sólo piensa en cómo sacar provecho partidista o personal ante cualquier coyuntura. La oposición mezquina no piensa en el país ni en la gente. Su único propósito es cómo sacar “provecho propio”.

Así, por cierto, con mezquindad también actúan partidos gobernantes, y el PRI ha sido en varias etapas de su existencia un ejemplo de ello. Como sucede con ciertos políticos de la oposición mezquina, a otros políticos mezquinos del gobierno sólo les interesa su interés particular y éste lo sobreponen al interés de la gente.

En el asunto de El Chapo, la mezquindad hace que los primeros lo minimicen y menosprecien, y hace que los segundos lo sobredimensionen y lo conviertan en una “gesta heroica”.

Por ello, si desde el PRD somos capaces de hacer a un lado la mezquindad que es contraria a los valores de la izquierda; si en lugar de ser oposición sistémicamente “contreras”; si en lugar del siempre no, decimos cómo sí; entonces el PRD deberá, por un lado, reconocer que la aprehensión de El Chapo Guzmán es benéfica para México y reconocer que la Marina hizo un gran trabajo. Pero, por el otro, el PRD debe, como oposición responsable, señalar que más allá del éxito de la captura de un peligroso criminal, se necesita de una nueva, integral, consistente y sostenida estrategia de seguridad nacional y de seguridad pública que ahora no tiene el gobierno.

Para que el Estado cuente con dicha estrategia de seguridad pública, debe, desde luego, aportar y principalmente el actual gobierno, pero igualmente lo debe hacer la oposición, de manera particular el PRD que se asume como oposición de izquierda que es responsable; que actúa no sólo para sí misma sino en razón del país, de la gente; que es crítica pero también propositiva y que sobre todo es alternativa a la del actual gobierno.

Esa estrategia, en parte, ya la estamos proponiendo en la Asamblea Legislativa del DF y en el Congreso de la Unión, y consiste en ver el problema de las drogas como un asunto de salud pública y un tema de impulso al crecimiento de la economía, de creación de empleos, de seguridad social universal.

Es positiva la aprehensión de éste y de otros peligrosos narcotraficantes, pero en eso no puede agotarse la estrategia de seguridad de un Estado fuerte que deba garantizarle a todas y todos los mexicanos el básico derecho a la seguridad en nuestra vida y patrimonio.

                *Expresidente del PRD

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martes, 18 de febrero de 2014

“Los salvadores”

Una de nuestras grandes desgracias como país proviene de nuestro propio  desarrollo histórico. Durante siglos, en el proceso de conformación de nuestra nación, se ha construido densamente una nociva cultura política que tiene como esencia a “los salvadores”; es decir: aquellos individuos que por alguna “razón”,  la providencia nos enviará con el encargo de la misión superior de liberar a México de todos sus males. Desde Quetzalcóatl, el dios que descendió en Tollan para gobernar con justicia, para que la ciudad floreciera, para que la discordia se olvidara, para instalar una era de progreso y felicidad para sus habitantes.


Como Quetzalcóatl, asimismo los tlatoani, los caciques deidificados en las sociedades prehispánicas; así con los virreyes; con los fugaces emperadores Iturbide y Maximiliano; con los presidentes en la etapa post Independencia (notablemente con “su alteza serenísima”); los de la Reforma (especialmente Juárez); con Porfirio Díaz; con los caudillos revolucionarios, y recientemente con los presidentes de “la República” durante la “monarquía sexenal”, como la llamaba Cosío Villegas.

Esta enfermiza orfandad que nos ha acompañado durante siglos; esta perenne esperanza a la llegada de un “salvador de la patria” se mantiene, lamentablemente, inalterable.

Vicente Fox también pretendió encarnar la figura del “Salvador” durante la campaña presidencial de 2000 y lo mismo sucedió con Andrés Manuel López Obrador (especialmente) durante su campaña electoral de 2012. Durante esta gesta —así la llamaba— lo sustantivo no era la terminación del régimen político presidencialista con toda su carga autoritaria, sino lo trascendente era la posible llegada, por fin, de un hombre bueno a la presidencia, pues con eso se resolverían los problemas del país y de la gente. Para López Obrador (ahora como entonces) el problema no se encuentra en la política sino en la moral; en resolver, por la vía de un “salvador” —que él encarna— el dilema moral derivado de concepciones religiosas: de la maldad versus la bondad.

Para colmo del país, ahora, de nueva cuenta desde la Presidencia de la República, se pretende que aparezca “un nuevo salvador de México”. Así presenta la revista Time a Peña Nieto y parecería que así quisiera que se le viera e identificara por las y los ciudadanos. ¡Esto sería un despropósito cargado de una absurda arrogancia!

Pero lo más grave es que no se aprende de la historia y, peligrosamente, se vuelve a esa concepción equivocada del ejercicio del poder político; a la del poder concentrado en un individuo, a la del presidencialismo omnipotente, a la del “Salvador del país”, desde el cual surgen todas las respuestas y desde donde se generan todas las soluciones.  

Contrario a seguir esperando por “salvadores” de cualquier signo ideológico, México para resolver sus graves y enormes problemas necesita, no de un “príncipe” sino de un nuevo Estado que cuente con un nuevo régimen político y que debiera sustentarse en principios democráticos, en instituciones verdaderamente republicanas de separación y equilibrio de poderes.

Necesitamos, las y los mexicanos, del reconocimiento pleno de nuestra condición plural y diversa; de cambios profundos en las estructuras del Estado nacional; del diálogo entre las diversas fuerzas políticas y sociales para encontrar, desde la política, reformas profundas, respuestas estratégicas al problema de la desigualdad, al de una economía estancada, al problema de instituciones degradadas por la corrupción, es decir: se necesita de la acción política desde un Estado democrático, ¡no de un “salvador” con visiones de omnipotencia!

Con el regreso del PRI al poder presidencial se encuentra latente el riesgo del  regreso al viejo régimen del presidencialismo autoritario, que en su naturaleza política trae el gen del poder concentrado en un individuo susceptible de asumirse como “un nuevo salvador de la patria”. A esa degeneración en el ejercicio del poder, característica de nuestra añeja cultura política (que alcanzó expresión mayor durante el anacrónico sistema priista) podría agravarla la presencia de los profesionales de la adulación que de vez en vez se presentarán en Los Pinos para reafirmarle al Presidente que de nueva cuenta se necesita de un “nuevo salvador para México”.

Para bien de nuestro país sería deseable que nadie —menos aun Peña Nieto— confundiera la urgencia de reformas democráticas y no de “salvadores de la patria”.

¡Ni mesías ni monarcas sexenales ni nuevos príncipes ni salvadores de la patria! Eso es parte de un pasado trágico para el país al que no debiéramos, en ninguna circunstancia, regresar.

Lo que México necesita son reformas para construir instituciones democráticas y republicanas desde las cuales la participación ciudadana, desde las organizaciones civiles y los partidos políticos, sea cotidiana y permanente. Ello como condición para que nuestro país salga adelante.

                *Expresidente del PRD

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